Los Insufribles

viernes, abril 22, 2011

Macabro hallazgo XIV


De todas las formas en que he visto escrita esta palabra,
creo que esta vez se han superado...

lunes, abril 16, 2007

Las publicidades "para nosotras"

Que las mujeres hemos ganado posiciones en todos los terrenos es algo que nadie puede negar. (Y que perdimos como en la guerra tampoco, pero eso es tema de otro capítulo...) Sin embargo, he observado que la publicidad no suele reflejar esos avances, y las féminas seguimos confinadas a ciertos estereotipos. Mientras no hay un solo comercial que nos muestre saliendo del barro con una regia camioneta "patona" (como cientos de mujeres deben hacerlo en los prósperos campos argentinos), abundan aquellos en los que una mancha de mostaza nos pone al borde de la locura. Lo que quiero decir es que si bien es absolutamente cierto que podemos perder la razón por esa-mancha-horrible-que-no-sale-con-nada, lo que me resulta *insufrible* es el hecho de que la publicidad transmita que sólo existimos para eso.

Pues bien, los publicitarios evidentemente piensan así. Desafío a cualquiera que me diga en qué comercial no estamos fregando como condenadas, haciendo casting de pañales o angustiadísimas porque el pelo no nos queda "liso y sedoso". Los hombres, en consecuencia, se abocan a tareas mucho menos pedestres, como manejar por puro placer un Toyota Corolla, ajenos por completo a las preocupaciones tan típicas de nosotras, las chicas: el Danonino para los niños o el detergente que nos arruina las manos... Aparentemente lo más excitante que puede pasarnos es que Fabián Gianola nos toque el timbre y nos pida las medias para el desafío de la blancura. Patético.

A no confundirse: tampoco pretendo que nos muestren talando secuoyas o dándole al fratacho (ni que los hombres recomienden toallitas con alas). Simplemente sería reconfortante un poco más de realismo. ¿O acaso ellos no lavan la ropa o no van al supermercado? De la misma manera en que nunca vemos a una alta ejecutiva bancaria otorgando un crédito, pese a que hay tantísimas mujeres en puestos como ése, tampoco vemos a ningún muchacho alucinado porque Knorr le solucionó la vida con "el sabor en cubos" o preocupado porque el limpiavidrios le deja vetas. Los roles están claros: nuestros padeceres y nuestras alegrías pasan por lo doméstico; ellos están para otra cosa.

En otro orden, pero siguiendo con este planteo sexista, ¿vieron que cuando se quiere ensalzar a la mujer eligen a una perra infernal y que cuando se trata de un hombre nos muestran un pusilánime? He observado que hasta para promocionar algo tan "tecno" como el servicio de banda ancha nos vendían a Pampita cabalgando en semibolas por bucólicas praderas, pero cuando Arnet salió con aquella campaña para ayudar a un pelado, el chabón en cuestión no sólo era pelado sino que resultó un adefesio mortal. Y así todo. Mientras un nerd se pone Axe y potras varias caen a sus pies, no podemos decir que ocurre lo contrario. Nosotras estamos en la cocina, atribuladas por esa grasa rebelde, y a lo sumo podemos convocar a Mister Músculo... ¡que encima es un dibujo! ¡Y horrible! En conclusión, para la publicidad el mundo femenino se divide en dos: aquellas mujeres para el infarto, lo suficientemente taradas como para sentirse atraídas por cualquier bagarto con el último modelo de celular, y aquellas que se infartan mientras enchufan la multiprocesadora con las medias húmedas (que nos dejó el ya mencionado Gianola).

Por supuesto, siempre se puede caer más bajo, y aberrantes comerciales pueden mostrarnos todavía peor. El ejemplo más flagrante es la campaña de Activia. Tras que tenemos ese "problemita"... ¿encima lo tienen que gritar a los cuatro vientos? Aunque intenten disfrazarlo con eufemismos como "tránsito lento" y con neolatinismos que harían enloquecer al doctor Grondona (biopuritas, actis regularis), todos sabemos muy bien de qué se trata. Y en el colmo de la humillación, nos dicen que si no funciona nos devuelven la plata. Imagínense un llamado como éste en el 0-800-ACTIVIA: "Hola, llamo porque no cag... desde Navidad. ¿Por dónde retiro mi cheque?" ¿Alguien lo cree posible? Difícilmente algún día Unilever lance una consigna como ésta: "Si el nuevo Axe Pistolísimo sólo te atrae travestis, llamanos y te devolvemos el dinero".

PD: Sé que mis argumentos despertarán las iras de mi amigo Sebastián, creativo publicitario. ¡A comentar se ha dicho, Seba! Las nuevas generaciones de mujeres confiamos en que cortes esta racha.

martes, julio 25, 2006

Los subterráqueos



Con este neologismo he pretendido catalogar a ciertos sujetos (y sus conductas) con los que me topo a diario bajo tierra. Desde hace unos años utilizo el subterráneo todos los días y, aunque pueda parecer una visión parcializada porque no salgo de la combinación A-C, hablando con sufrientes pasajeros de otras líneas pude comprobar que en todos lados sucede más o menos lo mismo.

Hay dos clases de subterráqueos: los prestadores del servicio y los usuarios. Empezaré con los primeros; no voy a abombarlos con detalles sobre huelgas, demoras, trenzas gremiales, etc., harto conocidos y harto perjudiciales. Me limitaré a opinar tan brevemente (#!!*?@#!!) que uds. sabrán entender. Más bien quiero referirme al material humano que pulula en ventanillas, andenes y vagones pues ya se sabe: estas empresas, sin importar cuán privatizadas estén, portarán eternamente el lastre de lo peor de las estatales. Los empleados andarán muy uniformados, habrá mucha publicidad acerca de obras y mejoras, y todo lo que quieran, pero la gorda de la boletería seguirá tomando mate, escupiendo bizcochitos y charlando con sus compañeros en un estado zen digno de la empleada pública de Gasalla.

Ahí está, arranquemos por ahí. Son las siete de la mañana y tengo que comprar mi subtepass. En la ventanilla puedo encontrarme a la gordita que ya les presenté o a un bigotudo que ha llegado a preguntarme cuatro veces cuántos viajes quería, mientras hablaba con otro empleado de aquella legendaria gambeta del Diego a Fillol en un superclásico del año 81 (cuando no está con el mp3 colgándole de la oreja). Luego avanzo hacia los molinetes, donde hay un vigilador que definitivamente no me vigila, ensimismado como está con los mensajitos de texto de su celular o departiendo con algún colega cigarrillo mediante, acodados ambos en las zonas de paso. (Una vez, en estación San Juan, tenía que sacar boleto pero la ventanilla estaba inexplicablemente cerrada a las seis de la tarde, y ante mis preguntas el custodio nunca me contestó... ¡me miraba y no me hablaba!)

Desciendo a las profundidades. Por ser estación cabecera, Primera Junta está especialmente llena de subterráqueos del primer tipo que, sin importar la hora, se encuentran de jolgorio permanente: risotadas, chistes internos a viva voz… del aviso del próximo tren ni noticias. Procuro evadirme mirando televisión; siempre hay algo más digno de ver y oír, como el pronóstico del tiempo o un videoclip. Pero no, hete aquí que Metrovías copa la pantalla con uno de sus lúcidos avisos institucionales, en el que recomienda evitar las horas pico; con mucho gusto me ofrezco para explicarles a estos genios de la comunicación que las horas pico son como la muerte, inevitables, por eso justamente se llaman así, y que si hubiera una forma de deshacerse de ellas no estaría yo escribiendo esto.

De manera que no son ni las siete y diez y uno ya va levantando temperatura, pero la película no estaría completa sin la presencia de nuestro querido chancho, perdón, de nuestro querido guarda. Para que vean que no se trata sólo de cavernícolas, les cuento que desde hace un tiempito este oficio es ejercido por el sexo débil, claro que con un aspecto digno de celadora de cárcel de mujeres en una película de Enrique Carreras. Bajo tierra la igualdad de los géneros es un hecho: ellas gritan como los hombres, mandonean como los hombres y tienen su misma cara de culo. Hace un par de semanas me topé con una de antología: menudita como doble de riesgo de Schwarzenegger, vociferaba "¡Arriba!" en cada estación para despertar a la manada y pitaba con furia un silbato perforador de tímpanos, capaz de llamar a todos los lobos de Siberia desde Plaza de Mayo. (En el subte uno puede morir básicamente por dos causas que nada tienen que ver con caer a las vías: por sordera súbita o por depresión aguda debida a la presencia de ciertos comercios tristísimos que venden, por ejemplo, réplicas en miniatura de máquinas de coser que en realidad son sacapuntas.)

Cuando uno ya cree que lo ha visto todo, empieza a observar a los otros subterráqueos, los usuarios, y comprende que no existe la esperada solidaridad entre pares pues esta especie también es muy dada a las conductas chotas. En efecto, ese joven con el que una cruzó una mirada de cómplice fastidio cuando anunciaron que había demoras en el servicio es el mismo que después te encaja su mochila en la jeta cuando se lanza hacia la puerta, olvidándose de que su apuro no es menor al mío. Después están los otros, los atletas, que corren todo el tiempo y en todo lugar: en los pasillos, en los andenes, en las escaleras fijas, ¡en las mecánicas!… (¿Hay algo más estúpido que correr por las escaleras mecánicas?) Se los reconoce fácilmente porque suelen andar a paso cansino, como mirando vidrieras, y de pronto, ante un eco lejano que prenuncia la llegada de su tren (del que ellos suponen que es "su" tren, porque bien puede ser uno que viene del lado opuesto), salen disparados como en una carrera de postas.

Si hablamos de velocidad, aquí chocan todos los planetas. Es bien sabido que el único momento en que debemos ser veloces es al subir y al bajar del vagón. Esas malditas puertas se cierran demasiado rápido como para andar dudando —si uno está adentro— o para arrojarse de cabeza estilo olímpico —si uno viene de afuera. (En una ocasión, lo único que entró de una chica fue su zapato; ella quedó como Cenicienta despatarrada en el andén y alguien que se apiadó se lo devolvió arrojándoselo desde una ventanilla.) Sin embargo, en ese momento clave, a los subterráqueos los invade un síndrome de cámara lenta. ¿Por qué? Porque para bajar hay que luchar contra los no pocos sujetos que viajan parados junto a la puerta, sin importar que el tren vaya lleno o vacío (será que los subyuga la vista de negrura plena y cables pelados). Y porque para subir están los que pretenden penetrar lo impenetrable y no dejarte bajar. De algún modo se entiende que la operativa de descenso y ascenso de pasajeros no sea cosa fácil; al fin y al cabo, se da de patadas con las leyes de la física.

Vaya como consuelo idiota este dato: en Londres y en París —ciudades primermundistas con quince líneas de subterráneo—, he visto a la gente hacer todo esto y más. Y ahora los dejo, estamos llegando a Lima y me tengo que ir poniendo el casco para hacer combinación…

(Gracias a Diego Dente, por tantas buenas ideas. Y un "aguante" para Pedro Chitarroni, niño argentino que se niega sistemáticamente a viajar en subte… ¿Alguien podría culparlo?)





miércoles, mayo 17, 2006

Los tecnobaños

Hubo un tiempo que fue hermoso… y había papel higiénico de verdad. La "modernidad" todo lo alcanza en su loco avance y los cuartos de baño —del trabajo, del cine, de los aeropuertos, etc.— no han quedado exentos. Bienvenido cualquier adelanto, pero yo digo… ¿había necesidad? Claro, éste es un debate que a los hombres les pasará de largo: además de la obvia ventaja anatómica que les permite hacer pipí en la misma posición en la que operan en un cajero o esperan el colectivo, dudo mucho de que más de cuatro se lave las manos después de. Para las niñas, en cambio, adoctrinadas para orinar en posiciones dignas del yoga más evolucionado y adictas a detenernos frente al espejo unos minutos para hacer uso de todos los chirimbolos, la liturgia del baño es una cuestión crucial.

Recuerdo los baños de hace unos quince, veinte años. No había mayores diferencias entre los de las casas particulares y los de, pongamos, un restaurante. Si no estaba prendida, la luz se encendía con interruptores normales y corrientes. El noble Higienol descansaba en su respectivo rollo. Apretabas el botón (un botón como el de tu casa) y el agua fluía, previsible. Al momento de lavarte las manos podías encontrar, como toda innovación, una pastilla de jabón amarillo con forma de huevo que pendía de un brazo amurado a la pared; este ovoide —que olía espantosamente y supo sacarme un regio sarpullido— fue, junto con las toallitas de papel, uno de los íconos indiscutidos del señor Valot, marca omnipresente en casi todos los baños. Más tarde fueron incorporándose algunos chiches, como los extractores de aire, pero durante un largo tiempo no se llegó mucho más allá.

Ahora, cada vez que me meto en un baño que no conozco, me siento como Indiana Jones entrando en una caverna inexplorada. Lo de caverna es por lo oscuro. Con el objetivo de ahorrar electricidad, muchos cuartos de baño tienen sofisticados sistemas cuyas luces sólo se encienden cuando unos sensores registran movimiento (qué lindo es estar "haciendo yoga" y quedarte en penumbras), o bien disponen del querido pulsador, que nunca dura más de treinta segundos (más lindo aún es estar combatiendo con las medibachas y buscar a los manotazos el botoncito rojo).

Sobreviene luego otra instancia sublime: el papel sanitario. Lejos quedaron los tiempos del 74 metros. Hoy día los rollos se han aggiornado y vienen impresos con loguitos, emblemas, florcitas, simple hoja, doble hoja, doble faz, surgidos desde extraños dispensers con forma de tostadora gigante (¿viste cómo cuesta encontrar la punta?). Ya mucho más modernas, las hojitas precortadas, especie de servilletero desubicado, son una invención maléfica, parientas cercanas de la lija; una no alcanza, dos son demasiado, en general no absorben nada y hasta que lográs sacar una entera armaste un zafarrancho de papel picado que reíte del carnaval carioca.
Siempre dentro del "mundo inodoro", una vez acabados los trámites comienza un acertijo digno de Harry Potter: ¿cómo cuernos se tira de la cadena? (sabrán disculpar esta expresión mía tan antigua, pero en esos momentos uno añora la fiel cadenita). El botón ya no es lo que era: ahora puede tratarse de una gran tecla plateada para la que se requieren las dos manos porque siempre está ¡durísima!, o bien de un puntito diminuto, para el cual sólo basta con apoyarle la yema del meñique (por supuesto que nadie me lo había explicado jamás y la primera vez estuve un rato largo buscando algo parecido a un botón, convencida de que el puntito era un tornillo más). También a veces podés encontrarte con una palanca tipo llave de gas, que suele estar en un sitio bien incómodo: entre el inodoro y la pared. O bien podés volverte loca rastreando el mecanismo por todo el cubil cuando de pronto escuchás que el agua corre sola, espontánea; es entonces cuando descubrís el cartel que advierte que la descarga se activa automáticamente. Ah, bue. Entre la cartera y el tapado, colgados del cogote porque no hay una maldita percha, y la contorsión para evitar que la puerta se me incruste en la frente… ¡como para andar leyendo cartelitos estoy!


La sección lavatorio no se queda atrás. Siguiendo la línea de ahorro compulsivo, a algún desangelado se le ocurrió inventar canillas con pulsador. Una gansada, realmente, porque la supuesta economía nunca es tal: con una activación no basta y con dos sobra; sufro al ver que el agua sigue fluyendo con una presión grado Iguazú, convirtiendo la mesada en un charco no apto para apoyar nada. Un sistema alternativo, el de las canillas debajo de las cuales hay que mover las manos para convocar al líquido elemento, es igualmente siniestro. El jabón, por su parte, se aloja en dispensers con ganchitos, palanquitas, botoncitos; a veces tenés que tirar, otras apretar; y como por lo general son bastante duros seguís insistiendo cual maniática porque no sabés si se te resiste o está vacío (si ya activaste la "canilla mágica" seguro se cerró). En mi trabajo, por ejemplo, tuve el gusto de conocer el spray soap, una espumita rosada que emana de una cajita pegada a la pared; no importa cuánto te impresione el ffffssss que escuchás al accionarla: cuando te mirás la palma sólo encontrás unas burbujitas diminutas… que por suerte cumplen bien su función.

La pesadilla no estaría completa sin el capítulo "secado de las manos". Si hay toallitas de papel es muy probable que pase lo mismo que con el servilletero del baño (tan apretadas que no sale ninguna, tan mal enganchadas que te saltan diez…). Si hay secador y funciona bien, zafás; el que no me banco es el que no tiene tecla y te obliga a mover las manos para encenderlo, en unos ademanes estilo Locomía muy vergonzantes. E incluso he padecido un sistema bastante peculiar, que consistía en una toalla de tela con forma de cinta sinfín; cada usuario debía tirar de ella, usar su porción de la toalla y volver a tirar; la parte usada era "tragada" por el dispenser y todo quedaba listo para la próxima víctima. No es fácil explicarlo aquí, y me conformo con que les haya quedado clara la idea —bastante asquerosita, por cierto— de la toalla colectiva…

En síntesis: el baño propio debe ser —después de la cama— lo que más se añora cuando se está lejos de casa. No tendrá el glamour de las luces dicroicas y los amplios espejos, pero tiene un inodoro y una piletita como Dios manda, qué joder.

martes, abril 04, 2006

Los encargados (¿de qué?)


Quizá para algunos su presencia (o su ausencia, ya veremos) no represente mayor conflicto. El tipo está ahí: uno se lo cruza en las mañanas, intercambia con él un par de palabras triviales, y hasta puede sentir una agradecida simpatía cuando nos abre la puerta al vernos venir cual ekekos del supermercado o deja entrar a las visitas evitándonos bajar quince pisos en chancletas. Sin embargo, nunca dan puntada sin hilo...

Éste es un oficio de extremos. Están los encargados que se atornillan a la puerta de entrada del edificio y están los que son virtuales, pues no se los ve nunca. Están los que se dan maña para cualquier rubro y están los que llaman a una cuadrilla de Edesur cada vez que se quema una lamparita. Están los que riegan la vereda generosamente (demasiado para mi gusto) y los que no baldean porque hay pronóstico de lluvia en la costa uruguaya. Están los que mantienen limpios los incineradores y los que serían la pesadilla de Greenpeace.

Pero a no equivocarse. Detrás de la aparente eficiencia de ciertas conductas, hay segundas y hasta terceras intenciones. Si permanecen continuamente en la puerta no es por afán perfeccionista: están traficando chimentos con medio barrio. Si arreglan todo solitos, no tardarán en meterse en tu casa para agenciarse una changuita. Si a las 6 am la vereda ya está mojada, seguramente apelaron al burdo manguerazo y en la penumbra matinal se embucharon los artículos de limpieza (¿vieron que cada vez compran más y el edificio no huele mejor?). Si no dejan que la basura se acumule es porque ¡la revisan! en busca de quién sabe qué cosas.

De manera que no debemos confundir el hambre con las ganas de comer. Esa "mirada amable" es en realidad un escáner humano que te vigila: sabe cuándo te vas y cuándo volvés, si tenés Master o Visa, si comprás las medialunas de enfrente o de la otra cuadra, si los miércoles vienen tus amigas, si preferís Coca o Pepsi, a qué hora tomás el subte... Y detrás de ese ojo que todo lo registra hay una mente que calcula cómo sacar ventaja: si el consorcio les paga los servicios, ellos derrochan luz y gas si que les tiemble la mano; si el edificio dispone de cámaras de vigilancia, ellos se atrincheran en su departamento y sólo les abren a ciertos personajes (que hoy son "amigos" y mañana no se sabe)... y una larga lista de etcéteras que ustedes mismos podrán completar.

El encargado es insoslayable: podrás amarlo u odiarlo, pero nunca te será indiferente. ¿Por qué? Porque el tipo tiene una posición de poder. En cuantito no le gustó tu cara, las represalias pueden ser feroces. No me refiero a ocultar correspondencia, que sería la menor y la más evidente aunque no menos jodida. En realidad, ellos especulan con el temor y/o la comodidad de los propietarios. El encargado sabe vida y obra del edificio entero, y en el imaginario colectivo de los consorcistas es mejor no tenerlos de enemigos "porque lo mando a que me pague las expensas" (piensa el del segundo A), "porque le dejo la llave para que entre el fumigador" (piensa la del quinto C), "porque a ver si nos deschava y se termina el curro..." (piensa el matrimonio del séptimo D, que anda en cosas raras), "porque cómo no vamos a tener portero, alguien que nos cuida..." (piensan las viejitas del tercero B, aferradas a una lógica de cuando la propiedad horizontal se resumía a condominios de escasas veinte unidades). Y en ese intercambio de temores y avivadas, en ese vacío de autoridad que provoca que haya decenas de jefes (lo que equivale a decir que no hay ninguno), los tipos nacen, crecen, se reproducen y nunca mueren... pues no hay quien los mueva de su puesto. Me compadezco de aquellos que encaran la cruzada de depedirlos: ha de ser una lucha sangrienta de la que los porteros salen indemnes y con las alforjas bien llenas.

Hace poco me enteré de un caso que demuestra cómo no tienen límites. Durante una reunión de consorcio, alguien vio a la mujer del encargado entre la concurrencia y de inmediato protestó para impugnarla. La damisela, muy suelta de cuerpo, peló la escritura que la acreditaba como propietaria de un departamento: su pareja, que era muy lento para algunas cosas, resultó ser una saeta para adquirir una unidad y ponerla a nombre de ella, con quien no estaba casado. De este modo, sin ser ilegal, la cosa quedó bastante reñida con la ética. ¿Cómo habrán sido a partir de entonces esas reuniones, único espacio en el que se puede nombrar al innombrable sin que nos caiga encima una maldición gitana? Algo me dice que no debe haber reality que las supere.

miércoles, febrero 22, 2006

Los dueños de mascotas

Que los animales no son santos de mi devoción no es novedad para nadie. Ahora bien: eso no significa que ande por el mundo pidiendo la eutanasia bichera ni nada por el estilo. Aprovecharé este espacio para diferenciar entre la total aversión y la absoluta indiferencia: si la primera te hace pedir la perrera a los gritos, la segunda te permite digerir un documental de Animal Planet y decir “Mirá vos”, mientras esperás que vuelva la señal de E! Entertainment.

En realidad, viéndolo así, estoy siendo injusta al referirme al rubro animal en forma tan genérica. Después de todo, ¿qué mal pueden hacerme el rinoceronte de la sabana africana, el papagayo del trópico, el mapache norteamericano o la beluga nórdica? Nada; por algo están en este planeta y no soy quién para cuestionarlo. Sin embargo, es muy probable que estos seres no me perturben demasiado por la sencilla razón de que están a miles de kilómetros de mi realidad. Es como si no existieran; están y listo, todos contentos; los que quieran conocerlos pueden hacerlo y los que no, seguiremos viendo la película El oso pensando más en cómo habrá puteado el director para lograr tal o cual toma que en el ecosistema de Canadá.

Pero no volemos (o ladremos) tan lejos. Acá nomás, a la vuelta de la esquina, hay varias especies animales que son muy populares entre los humanos y son ésas las que motivan estas palabras. Perros, gatos, aves, peces… Sí, amigos: los animales domésticos son la cara más prosaica del género, no sólo por su proximidad sino también por una indeseable consecuencia: una casta denominada “dueños de mascotas”. Si hay algo que me gusta menos que los perros (que de ellos se trata, por ser tan interactivos con los humanos), eso son sus dueños. Ya sean humildes albañiles o magnates del petróleo, padecen por igual una patología que se manifiesta a través de dos frases que repiten constantemente.

La primera es: “No te hace nada”. Uno ha tenido la fortuna (o la desgracia) de entrar en la casa de alguien que posee un perro. Al sujeto en cuestión no se le ocurre ni por las tapas que sus allegados no compartan el amor que él siente por su animalito, que es un pichón de mamut con unos dientes que reíte de Hannibal Lecter. Entonces ni piensa en encerrarlo mientras dure tu visita. No importa si la última vez que estuviste ahí te dejó la cartera hecha jirones, pues era lo único que tenías a mano para defenderte. ¿Y por qué no se le ocurre? Por una razón muy simple que olvidé mencionar: la posesión de una mascota anula por completo el sentido de la ubicación. De ahí que veamos a gente que permite que el dogo apoye su regia cabeza sobre el mantel mientras estamos cenando o festeja incluso que el doberman te salte encima como un desaforado, amenazando con dejarte la pilcha convertida en hilachas. La fórmula —“mágica” para ellos e inservible para nosotros— a la que apelan en estas circunstancias consiste en perjurar que “no te hace nada”. ¡A vos no te hace nada, pero a mí me huele, me mira mal, me ladra, me sigue y me persigue! Claro que habrá que ver qué significa el concepto de “nada” para quien posee un perro. Quizás esté queriendo decir: “Podrá gruñirte, olfatearte, apoyarte el trasero, babosearte, darte latigazos con la cola, rayarte los tobillos e incluso mearte, pero no te va a comer”. Ah, bueno. Me quedo más tranquila. Guau.

La otra frase que disparan tiene que ver con el orgullo que sienten por poseer una mascota tan inteligente. Luego de describir con pelos (¡obvio!) y señales alguna habilidad del animalito —relato soporífero si los hay: nos enteramos de que el can ya sabe dónde pishar y no orina más las pantuflas del abuelo—, se les hincha el pecho y emiten un “¡Parece que entendiera…!”. Ay, yo lamento sinceramente defraudar a los amos, pero debo aclararles que sus pichichos… ¡entienden! ¡No son una planta! El hecho de que no puedan hablar, manejar una moto o mandar cartas documento no los transfiere al reino mineral. Muy a mi pesar, los perros son sumamente inteligentes y en algunos casos más que sus poseedores. Y es justo por eso que sé que el “no-te-hace-nada” es una vil patraña y los muy turros (los perros) se dan cuenta.

En fin. Me falta el amor por los bichos y por eso no comprendo muchas cosas. Pero de ninguna manera levanto la bandera en contra de la posesión de mascotas. Sólo pido que sus dueños junten la caquita y que me saquen a este beagle de encima, que me está comiendo el cable de la computad