Los dueños de mascotas
Que los animales no son santos de mi devoción no es novedad para nadie. Ahora bien: eso no significa que ande por el mundo pidiendo la eutanasia bichera ni nada por el estilo. Aprovecharé este espacio para diferenciar entre la total aversión y la absoluta indiferencia: si la primera te hace pedir la perrera a los gritos, la segunda te permite digerir un documental de Animal Planet y decir “Mirá vos”, mientras esperás que vuelva la señal de E! Entertainment.
En realidad, viéndolo así, estoy siendo injusta al referirme al rubro animal en forma tan genérica. Después de todo, ¿qué mal pueden hacerme el rinoceronte de la sabana africana, el papagayo del trópico, el mapache norteamericano o la beluga nórdica? Nada; por algo están en este planeta y no soy quién para cuestionarlo. Sin embargo, es muy probable que estos seres no me perturben demasiado por la sencilla razón de que están a miles de kilómetros de mi realidad. Es como si no existieran; están y listo, todos contentos; los que quieran conocerlos pueden hacerlo y los que no, seguiremos viendo la película El oso pensando más en cómo habrá puteado el director para lograr tal o cual toma que en el ecosistema de Canadá.
Pero no volemos (o ladremos) tan lejos. Acá nomás, a la vuelta de la esquina, hay varias especies animales que son muy populares entre los humanos y son ésas las que motivan estas palabras. Perros, gatos, aves, peces… Sí, amigos: los animales domésticos son la cara más prosaica del género, no sólo por su proximidad sino también por una indeseable consecuencia: una casta denominada “dueños de mascotas”. Si hay algo que me gusta menos que los perros (que de ellos se trata, por ser tan interactivos con los humanos), eso son sus dueños. Ya sean humildes albañiles o magnates del petróleo, padecen por igual una patología que se manifiesta a través de dos frases que repiten constantemente.
La primera es: “No te hace nada”. Uno ha tenido la fortuna (o la desgracia) de entrar en la casa de alguien que posee un perro. Al sujeto en cuestión no se le ocurre ni por las tapas que sus allegados no compartan el amor que él siente por su animalito, que es un pichón de mamut con unos dientes que reíte de Hannibal Lecter. Entonces ni piensa en encerrarlo mientras dure tu visita. No importa si la última vez que estuviste ahí te dejó la cartera hecha jirones, pues era lo único que tenías a mano para defenderte. ¿Y por qué no se le ocurre? Por una razón muy simple que olvidé mencionar: la posesión de una mascota anula por completo el sentido de la ubicación. De ahí que veamos a gente que permite que el dogo apoye su regia cabeza sobre el mantel mientras estamos cenando o festeja incluso que el doberman te salte encima como un desaforado, amenazando con dejarte la pilcha convertida en hilachas. La fórmula —“mágica” para ellos e inservible para nosotros— a la que apelan en estas circunstancias consiste en perjurar que “no te hace nada”. ¡A vos no te hace nada, pero a mí me huele, me mira mal, me ladra, me sigue y me persigue! Claro que habrá que ver qué significa el concepto de “nada” para quien posee un perro. Quizás esté queriendo decir: “Podrá gruñirte, olfatearte, apoyarte el trasero, babosearte, darte latigazos con la cola, rayarte los tobillos e incluso mearte, pero no te va a comer”. Ah, bueno. Me quedo más tranquila. Guau.
La otra frase que disparan tiene que ver con el orgullo que sienten por poseer una mascota tan inteligente. Luego de describir con pelos (¡obvio!) y señales alguna habilidad del animalito —relato soporífero si los hay: nos enteramos de que el can ya sabe dónde pishar y no orina más las pantuflas del abuelo—, se les hincha el pecho y emiten un “¡Parece que entendiera…!”. Ay, yo lamento sinceramente defraudar a los amos, pero debo aclararles que sus pichichos… ¡entienden! ¡No son una planta! El hecho de que no puedan hablar, manejar una moto o mandar cartas documento no los transfiere al reino mineral. Muy a mi pesar, los perros son sumamente inteligentes y en algunos casos más que sus poseedores. Y es justo por eso que sé que el “no-te-hace-nada” es una vil patraña y los muy turros (los perros) se dan cuenta.
En fin. Me falta el amor por los bichos y por eso no comprendo muchas cosas. Pero de ninguna manera levanto la bandera en contra de la posesión de mascotas. Sólo pido que sus dueños junten la caquita y que me saquen a este beagle de encima, que me está comiendo el cable de la computad



3 Comments:
JAJAJAJ
Excelente hermanita. Me alegro tu nueva incursion en este mucho y espero que dure, al menos, unos cuantos posts más.
En cuanto al relato, que decirte, sabes que no tengo esa "aberracion animalezca" pero tambien entiendo las desubicaciones de ciertos dueños.
Espero volver pronto y tenerte en mi lista de blogs diarios o semanales o algo ... besito
tu broda
L.
Muy interesante. Pero creo que en este momento se está formando una liga de defensores de anilmales que están llendo en tu búsqueda.
Por las dudas comprate un perro guardián...
menos mal que no tenemos, perros ni gatos, si no no venis mas a casa,....tu vieja, muyyyyyyyyy bueno te felicito, es tal cual , besosssss
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