Los Insufribles

martes, julio 25, 2006

Los subterráqueos



Con este neologismo he pretendido catalogar a ciertos sujetos (y sus conductas) con los que me topo a diario bajo tierra. Desde hace unos años utilizo el subterráneo todos los días y, aunque pueda parecer una visión parcializada porque no salgo de la combinación A-C, hablando con sufrientes pasajeros de otras líneas pude comprobar que en todos lados sucede más o menos lo mismo.

Hay dos clases de subterráqueos: los prestadores del servicio y los usuarios. Empezaré con los primeros; no voy a abombarlos con detalles sobre huelgas, demoras, trenzas gremiales, etc., harto conocidos y harto perjudiciales. Me limitaré a opinar tan brevemente (#!!*?@#!!) que uds. sabrán entender. Más bien quiero referirme al material humano que pulula en ventanillas, andenes y vagones pues ya se sabe: estas empresas, sin importar cuán privatizadas estén, portarán eternamente el lastre de lo peor de las estatales. Los empleados andarán muy uniformados, habrá mucha publicidad acerca de obras y mejoras, y todo lo que quieran, pero la gorda de la boletería seguirá tomando mate, escupiendo bizcochitos y charlando con sus compañeros en un estado zen digno de la empleada pública de Gasalla.

Ahí está, arranquemos por ahí. Son las siete de la mañana y tengo que comprar mi subtepass. En la ventanilla puedo encontrarme a la gordita que ya les presenté o a un bigotudo que ha llegado a preguntarme cuatro veces cuántos viajes quería, mientras hablaba con otro empleado de aquella legendaria gambeta del Diego a Fillol en un superclásico del año 81 (cuando no está con el mp3 colgándole de la oreja). Luego avanzo hacia los molinetes, donde hay un vigilador que definitivamente no me vigila, ensimismado como está con los mensajitos de texto de su celular o departiendo con algún colega cigarrillo mediante, acodados ambos en las zonas de paso. (Una vez, en estación San Juan, tenía que sacar boleto pero la ventanilla estaba inexplicablemente cerrada a las seis de la tarde, y ante mis preguntas el custodio nunca me contestó... ¡me miraba y no me hablaba!)

Desciendo a las profundidades. Por ser estación cabecera, Primera Junta está especialmente llena de subterráqueos del primer tipo que, sin importar la hora, se encuentran de jolgorio permanente: risotadas, chistes internos a viva voz… del aviso del próximo tren ni noticias. Procuro evadirme mirando televisión; siempre hay algo más digno de ver y oír, como el pronóstico del tiempo o un videoclip. Pero no, hete aquí que Metrovías copa la pantalla con uno de sus lúcidos avisos institucionales, en el que recomienda evitar las horas pico; con mucho gusto me ofrezco para explicarles a estos genios de la comunicación que las horas pico son como la muerte, inevitables, por eso justamente se llaman así, y que si hubiera una forma de deshacerse de ellas no estaría yo escribiendo esto.

De manera que no son ni las siete y diez y uno ya va levantando temperatura, pero la película no estaría completa sin la presencia de nuestro querido chancho, perdón, de nuestro querido guarda. Para que vean que no se trata sólo de cavernícolas, les cuento que desde hace un tiempito este oficio es ejercido por el sexo débil, claro que con un aspecto digno de celadora de cárcel de mujeres en una película de Enrique Carreras. Bajo tierra la igualdad de los géneros es un hecho: ellas gritan como los hombres, mandonean como los hombres y tienen su misma cara de culo. Hace un par de semanas me topé con una de antología: menudita como doble de riesgo de Schwarzenegger, vociferaba "¡Arriba!" en cada estación para despertar a la manada y pitaba con furia un silbato perforador de tímpanos, capaz de llamar a todos los lobos de Siberia desde Plaza de Mayo. (En el subte uno puede morir básicamente por dos causas que nada tienen que ver con caer a las vías: por sordera súbita o por depresión aguda debida a la presencia de ciertos comercios tristísimos que venden, por ejemplo, réplicas en miniatura de máquinas de coser que en realidad son sacapuntas.)

Cuando uno ya cree que lo ha visto todo, empieza a observar a los otros subterráqueos, los usuarios, y comprende que no existe la esperada solidaridad entre pares pues esta especie también es muy dada a las conductas chotas. En efecto, ese joven con el que una cruzó una mirada de cómplice fastidio cuando anunciaron que había demoras en el servicio es el mismo que después te encaja su mochila en la jeta cuando se lanza hacia la puerta, olvidándose de que su apuro no es menor al mío. Después están los otros, los atletas, que corren todo el tiempo y en todo lugar: en los pasillos, en los andenes, en las escaleras fijas, ¡en las mecánicas!… (¿Hay algo más estúpido que correr por las escaleras mecánicas?) Se los reconoce fácilmente porque suelen andar a paso cansino, como mirando vidrieras, y de pronto, ante un eco lejano que prenuncia la llegada de su tren (del que ellos suponen que es "su" tren, porque bien puede ser uno que viene del lado opuesto), salen disparados como en una carrera de postas.

Si hablamos de velocidad, aquí chocan todos los planetas. Es bien sabido que el único momento en que debemos ser veloces es al subir y al bajar del vagón. Esas malditas puertas se cierran demasiado rápido como para andar dudando —si uno está adentro— o para arrojarse de cabeza estilo olímpico —si uno viene de afuera. (En una ocasión, lo único que entró de una chica fue su zapato; ella quedó como Cenicienta despatarrada en el andén y alguien que se apiadó se lo devolvió arrojándoselo desde una ventanilla.) Sin embargo, en ese momento clave, a los subterráqueos los invade un síndrome de cámara lenta. ¿Por qué? Porque para bajar hay que luchar contra los no pocos sujetos que viajan parados junto a la puerta, sin importar que el tren vaya lleno o vacío (será que los subyuga la vista de negrura plena y cables pelados). Y porque para subir están los que pretenden penetrar lo impenetrable y no dejarte bajar. De algún modo se entiende que la operativa de descenso y ascenso de pasajeros no sea cosa fácil; al fin y al cabo, se da de patadas con las leyes de la física.

Vaya como consuelo idiota este dato: en Londres y en París —ciudades primermundistas con quince líneas de subterráneo—, he visto a la gente hacer todo esto y más. Y ahora los dejo, estamos llegando a Lima y me tengo que ir poniendo el casco para hacer combinación…

(Gracias a Diego Dente, por tantas buenas ideas. Y un "aguante" para Pedro Chitarroni, niño argentino que se niega sistemáticamente a viajar en subte… ¿Alguien podría culparlo?)