Los Insufribles

martes, abril 04, 2006

Los encargados (¿de qué?)


Quizá para algunos su presencia (o su ausencia, ya veremos) no represente mayor conflicto. El tipo está ahí: uno se lo cruza en las mañanas, intercambia con él un par de palabras triviales, y hasta puede sentir una agradecida simpatía cuando nos abre la puerta al vernos venir cual ekekos del supermercado o deja entrar a las visitas evitándonos bajar quince pisos en chancletas. Sin embargo, nunca dan puntada sin hilo...

Éste es un oficio de extremos. Están los encargados que se atornillan a la puerta de entrada del edificio y están los que son virtuales, pues no se los ve nunca. Están los que se dan maña para cualquier rubro y están los que llaman a una cuadrilla de Edesur cada vez que se quema una lamparita. Están los que riegan la vereda generosamente (demasiado para mi gusto) y los que no baldean porque hay pronóstico de lluvia en la costa uruguaya. Están los que mantienen limpios los incineradores y los que serían la pesadilla de Greenpeace.

Pero a no equivocarse. Detrás de la aparente eficiencia de ciertas conductas, hay segundas y hasta terceras intenciones. Si permanecen continuamente en la puerta no es por afán perfeccionista: están traficando chimentos con medio barrio. Si arreglan todo solitos, no tardarán en meterse en tu casa para agenciarse una changuita. Si a las 6 am la vereda ya está mojada, seguramente apelaron al burdo manguerazo y en la penumbra matinal se embucharon los artículos de limpieza (¿vieron que cada vez compran más y el edificio no huele mejor?). Si no dejan que la basura se acumule es porque ¡la revisan! en busca de quién sabe qué cosas.

De manera que no debemos confundir el hambre con las ganas de comer. Esa "mirada amable" es en realidad un escáner humano que te vigila: sabe cuándo te vas y cuándo volvés, si tenés Master o Visa, si comprás las medialunas de enfrente o de la otra cuadra, si los miércoles vienen tus amigas, si preferís Coca o Pepsi, a qué hora tomás el subte... Y detrás de ese ojo que todo lo registra hay una mente que calcula cómo sacar ventaja: si el consorcio les paga los servicios, ellos derrochan luz y gas si que les tiemble la mano; si el edificio dispone de cámaras de vigilancia, ellos se atrincheran en su departamento y sólo les abren a ciertos personajes (que hoy son "amigos" y mañana no se sabe)... y una larga lista de etcéteras que ustedes mismos podrán completar.

El encargado es insoslayable: podrás amarlo u odiarlo, pero nunca te será indiferente. ¿Por qué? Porque el tipo tiene una posición de poder. En cuantito no le gustó tu cara, las represalias pueden ser feroces. No me refiero a ocultar correspondencia, que sería la menor y la más evidente aunque no menos jodida. En realidad, ellos especulan con el temor y/o la comodidad de los propietarios. El encargado sabe vida y obra del edificio entero, y en el imaginario colectivo de los consorcistas es mejor no tenerlos de enemigos "porque lo mando a que me pague las expensas" (piensa el del segundo A), "porque le dejo la llave para que entre el fumigador" (piensa la del quinto C), "porque a ver si nos deschava y se termina el curro..." (piensa el matrimonio del séptimo D, que anda en cosas raras), "porque cómo no vamos a tener portero, alguien que nos cuida..." (piensan las viejitas del tercero B, aferradas a una lógica de cuando la propiedad horizontal se resumía a condominios de escasas veinte unidades). Y en ese intercambio de temores y avivadas, en ese vacío de autoridad que provoca que haya decenas de jefes (lo que equivale a decir que no hay ninguno), los tipos nacen, crecen, se reproducen y nunca mueren... pues no hay quien los mueva de su puesto. Me compadezco de aquellos que encaran la cruzada de depedirlos: ha de ser una lucha sangrienta de la que los porteros salen indemnes y con las alforjas bien llenas.

Hace poco me enteré de un caso que demuestra cómo no tienen límites. Durante una reunión de consorcio, alguien vio a la mujer del encargado entre la concurrencia y de inmediato protestó para impugnarla. La damisela, muy suelta de cuerpo, peló la escritura que la acreditaba como propietaria de un departamento: su pareja, que era muy lento para algunas cosas, resultó ser una saeta para adquirir una unidad y ponerla a nombre de ella, con quien no estaba casado. De este modo, sin ser ilegal, la cosa quedó bastante reñida con la ética. ¿Cómo habrán sido a partir de entonces esas reuniones, único espacio en el que se puede nombrar al innombrable sin que nos caiga encima una maldición gitana? Algo me dice que no debe haber reality que las supere.