Los tecnobaños
Hubo un tiempo que fue hermoso… y había papel higiénico de verdad. La "modernidad" todo lo alcanza en su loco avance y los cuartos de baño —del trabajo, del cine, de los aeropuertos, etc.— no han quedado exentos. Bienvenido cualquier adelanto, pero yo digo… ¿había necesidad? Claro, éste es un debate que a los hombres les pasará de largo: además de la obvia ventaja anatómica que les permite hacer pipí en la misma posición en la que operan en un cajero o esperan el colectivo, dudo mucho de que más de cuatro se lave las manos después de. Para las niñas, en cambio, adoctrinadas para orinar en posiciones dignas del yoga más evolucionado y adictas a detenernos frente al espejo unos minutos para hacer uso de todos los chirimbolos, la liturgia del baño es una cuestión crucial.
Recuerdo los baños de hace unos quince, veinte años. No había mayores diferencias entre los de las casas particulares y los de, pongamos, un restaurante. Si no estaba prendida, la luz se encendía con interruptores normales y corrientes. El noble Higienol descansaba en su respectivo rollo. Apretabas el botón (un botón como el de tu casa) y el agua fluía, previsible. Al momento de lavarte las manos podías encontrar, como toda innovación, una pastilla de jabón amarillo con forma de huevo que pendía de un brazo amurado a la pared; este ovoide —que olía espantosamente y supo sacarme un regio sarpullido— fue, junto con las toallitas de papel, uno de los íconos indiscutidos del señor Valot, marca omnipresente en casi todos los baños. Más tarde fueron incorporándose algunos chiches, como los extractores de aire, pero durante un largo tiempo no se llegó mucho más allá.
Ahora, cada vez que me meto en un baño que no conozco, me siento como Indiana Jones entrando en una caverna inexplorada. Lo de caverna es por lo oscuro. Con el objetivo de ahorrar electricidad, muchos cuartos de baño tienen sofisticados sistemas cuyas luces sólo se encienden cuando unos sensores registran movimiento (qué lindo es estar "haciendo yoga" y quedarte en penumbras), o bien disponen del querido pulsador, que nunca dura más de treinta segundos (más lindo aún es estar combatiendo con las medibachas y buscar a los manotazos el botoncito rojo).
Sobreviene luego otra instancia sublime: el papel sanitario. Lejos quedaron los tiempos del 74 metros. Hoy día los rollos se han aggiornado y vienen impresos con loguitos, emblemas, florcitas, simple hoja, doble hoja, doble faz, surgidos desde extraños dispensers con forma de tostadora gigante (¿viste cómo cuesta encontrar la punta?). Ya mucho más modernas, las hojitas precortadas, especie de servilletero desubicado, son una invención maléfica, parientas cercanas de la lija; una no alcanza, dos son demasiado, en general no absorben nada y hasta que lográs sacar una entera armaste un zafarrancho de papel picado que reíte del carnaval carioca.
Siempre dentro del "mundo inodoro", una vez acabados los trámites comienza un acertijo digno de Harry Potter: ¿cómo cuernos se tira de la cadena? (sabrán disculpar esta expresión mía tan antigua, pero en esos momentos uno añora la fiel cadenita). El botón ya no es lo que era: ahora puede tratarse de una gran tecla plateada para la que se requieren las dos manos porque siempre está ¡durísima!, o bien de un puntito diminuto, para el cual sólo basta con apoyarle la yema del meñique (por supuesto que nadie me lo había explicado jamás y la primera vez estuve un rato largo buscando algo parecido a un botón, convencida de que el puntito era un tornillo más). También a veces podés encontrarte con una palanca tipo llave de gas, que suele estar en un sitio bien incómodo: entre el inodoro y la pared. O bien podés volverte loca rastreando el mecanismo por todo el cubil cuando de pronto escuchás que el agua corre sola, espontánea; es entonces cuando descubrís el cartel que advierte que la descarga se activa automáticamente. Ah, bue. Entre la cartera y el tapado, colgados del cogote porque no hay una maldita percha, y la contorsión para evitar que la puerta se me incruste en la frente… ¡como para andar leyendo cartelitos estoy!
La sección lavatorio no se queda atrás. Siguiendo la línea de ahorro compulsivo, a algún desangelado se le ocurrió inventar canillas con pulsador. Una gansada, realmente, porque la supuesta economía nunca es tal: con una activación no basta y con dos sobra; sufro al ver que el agua sigue fluyendo con una presión grado Iguazú, convirtiendo la mesada en un charco no apto para apoyar nada. Un sistema alternativo, el de las canillas debajo de las cuales hay que mover las manos para convocar al líquido elemento, es igualmente siniestro. El jabón, por su parte, se aloja en dispensers con ganchitos, palanquitas, botoncitos; a veces tenés que tirar, otras apretar; y como por lo general son bastante duros seguís insistiendo cual maniática porque no sabés si se te resiste o está vacío (si ya activaste la "canilla mágica" seguro se cerró). En mi trabajo, por ejemplo, tuve el gusto de conocer el spray soap, una espumita rosada que emana de una cajita pegada a la pared; no importa cuánto te impresione el ffffssss que escuchás al accionarla: cuando te mirás la palma sólo encontrás unas burbujitas diminutas… que por suerte cumplen bien su función.
La pesadilla no estaría completa sin el capítulo "secado de las manos". Si hay toallitas de papel es muy probable que pase lo mismo que con el servilletero del baño (tan apretadas que no sale ninguna, tan mal enganchadas que te saltan diez…). Si hay secador y funciona bien, zafás; el que no me banco es el que no tiene tecla y te obliga a mover las manos para encenderlo, en unos ademanes estilo Locomía muy vergonzantes. E incluso he padecido un sistema bastante peculiar, que consistía en una toalla de tela con forma de cinta sinfín; cada usuario debía tirar de ella, usar su porción de la toalla y volver a tirar; la parte usada era "tragada" por el dispenser y todo quedaba listo para la próxima víctima. No es fácil explicarlo aquí, y me conformo con que les haya quedado clara la idea —bastante asquerosita, por cierto— de la toalla colectiva…
En síntesis: el baño propio debe ser —después de la cama— lo que más se añora cuando se está lejos de casa. No tendrá el glamour de las luces dicroicas y los amplios espejos, pero tiene un inodoro y una piletita como Dios manda, qué joder.

